Algo más de medio día en Rimkieta, 12.30h, hora de salida de los niños de la maternelle y de las escuelas públicas. Empiezan a llegar algunos padres a recoger a los niños. Cada vez más cerca, a unos 5 minutos como mucho advierte François para que pongamos las bicis y motos a cubierto, empecemos a cerrar persianas y asegurar puertas, una terrible tormenta de viento y arena seguida por lluvia. La veo perfectamente venir, una gran cortina rojiza y el espectáculo es indescriptible. El cielo a su vez negro, muy negro.

El sentido común ordena meter a los niños y a los padres en clase y esperar a que pase la tormenta y así procedemos.

Llega primero el viento cargado de arena. La mayoría de las ventanas de los edificios, casas, escuelas, etc. no son vidriadas, eso que te ahorras. Y las persianas, como la de mi despacho en la imagen, por mucho que las cierres bien no tienen capacidad para parar la fuerza con la que la arena se cuela por la ventana. En un abrir y cerrar de ojos todo el despacho queda cubierto por una capa de arena. No da tiempo a sacar un paño para limpiar un poco, aunque sea el teclado y el mousse, que la lluvia con vientos racheados se une a la “fiesta”.

Voy a las aulas a ver si están niños, profesoras y padres bien. Todo en orden, los niños juegan divertidos sin inmutarse ante la que está cayendo. No me da tiempo a llegar de vuelta al despacho (menos de 10 metros) cuando empiezo a oír gritos que viene de la calle junto al golpeo de la puerta principal de entrada a la FAR. No lo dudo y corro a abrirla, y aunque me cuesta un montón por la fuerza del viento, se cuelan cinco niñas rebozadas de agua y arena de la cabeza a los pies y algo asustadas. Lo que parecía de sentido común, retener a los niños en los colegios hasta que pasara la tormenta, no lo debía de ser tanto porque en la escuela de estas niñas, a unos 500 metros de la maternelle, han hecho todo lo contrario, justo en el momento en que empezaba la “juerga” les han dicho que salieran corriendo a casa… Y las niñas han echado a correr hasta llegar al único edificio en los alrededores donde poder guarecerse.

Las invitamos a pasar y se quedan con nosotras (Sylvie, Colette, Leonie y Odile) hasta que pase la tormenta, sentadas en una bancada, chorreando agua por todas partes, pero saboreando un sabrosísimo mango, felices de haber encontrado refugio.

Bromeando le comento a Leonie, la cocinera y una de las almas de la FAR en Rimkieta, que está muy bien pedir que llueva porque el agua es muy necesaria, pero que la próxima vez, si no le importa, pida que la tormenta llegue por la noche, que estaremos todos en casita, no nos pillará en la maternelle y no tendremos necesidad de construir un barco para volver a casa los que tenemos que cruzar Rimkieta. Leonie estalla en carcajada, parece que le ha gustado la ocurrencia y lo que me llena más de orgullo, ha entendido lo que he dicho, no por mí francés si no como resultado del curso de adultos que Rihanata, la encargada de la maternelle imparte. Y como el que no quiere la coas, muy estilo «Leonie», me devuelve a la realidad del día a día aquí diciéndome que seguirá pidiendo que llueva de día porque de noche la mayoría de familias, y no solo de Rimkieta, duermen a la intemperie (las cuatro paredes de adobe y de única estancia que llamamos “casa” suelen utilizarla a modo de almacén para guardar sus “posesiones” por la noche).

Asiento, le sonrío y me reprocho a mi misma por mi falta de sentido común! 😉