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¡Olé Salimata, olé!

Sep 29, 2025 | 21 Comentarios

Septiembre es uno de los meses de mayor actividad en la FAR y, sin duda, el momento en el que tengo el privilegio de tener un contacto más directo con nuestras beneficiarias, gracias a la entrega de las becas escolares. Es un encuentro cercano, que siempre viene acompañado de un sinfín de anécdotas que me recuerdan, con fuerza renovada, por qué estamos en el barrio de Rimkieta y hacemos lo que hacemos.

El proyecto de becas escolares nació en 2009, como respuesta a las devastadoras inundaciones de septiembre de ese año, que dejaron a cientos de familias de Rimkieta sin nada. Muy a pesar de las madres, la escolarización de sus hijos pasó al último lugar en la lista de sus prioridades, ante la necesidad urgente de reconstruir sus vidas desde cero.

Ese primer año de funcionamiento del proyecto de becas escolares nos hizo descubrir una dura realidad que hasta entonces no conocíamos: la escasez de plazas en escuelas públicas (con un coste medio de 8 €/año en primaria y 15 €/año en secundaria/bachillerato) y la imposibilidad de las madres de pagar una escuela privada (80 € en primaria y 170 €/año en secundaria/bachillerato).

Aula de primaria de una escuela pública

La escuela pública, suponiendo que consigan una plaza, no es cara en términos absolutos. Pero hay que tener en cuenta que la gran mayoría de las familias de Rimkieta no alcanza el nivel de ingreso del salario mínimo interprofesional (SMI) 2025 que en Burkina Faso es de 815€ al año. Por tanto, el coste de la escuela pública representa entre el 1% y el 2% del SMI. Pero con una media de 6 hijos por familia, la carga total de la educación supone entre un 6% y un 12% del ingreso familiar.

La principal dificultad económica, sin embargo, no está en el coste absoluto, si no en la extrema precariedad de los ingresos, que apenas alcanzan para cubrir las necesidades más básicas. Sólo la alimentación diaria de todos los miembros de una familia (que en la mayoría de casos se reduce a una única comida al día) consume más del 70% de los ingresos familiares del año).

Sobres preparados con el importe de la beca de cada niño y niña

A este factor económico se suma un obstáculo adicional: el cultural. En muchos entornos familiares, la educación formal aún no se percibe como una prioridad, dándose más valor a la ayuda que el niño pueda prestar a la familia, en el campo, con trabajo doméstico o trabajos informales, desde edades tempranas. Sin embargo, recordemos que, en España, bien entrada la década de 1950, la educación tampoco era una prioridad para muchas familias. Fue necesario que la ley la impusiera, y, en algunas ocasiones, que las autoridades municipales intervinieran activamente, recogiendo a los niños que seguían jugando en la calle, acompañándolos a sus casas y explicando a sus padres la nueva obligación de llevarlos a la escuela.

Burkina, y posiblemente otros países del Sahel, se encuentran hoy en una situación similar a la que vivieron muchos países europeos hace seis o siete décadas, o sea entre dos y tres generaciones.

La escolarización de las niñas, por su parte, merece un capítulo aparte. En una cultura profundamente “patriarcal” (estructura social, política y cultural en la que el varón ostenta privilegios, poder y autoridad, y donde las mujeres ocupan una posición subordinada), las niñas sufren especialmente las consecuencias de esa desigualdad. Carecen de autonomía, de control sobre sus cuerpos y decisiones, y han interiorización roles de género que les imponen la obligación de servir, agradar y obedecer.

Cola de mujeres esperando la beca

Además, y, en quinto lugar, es que la calidad de la enseñanza se ve afectada por aulas masificadas (con más de 100 alumnos, incluso en escuelas privadas), recursos didácticos escasos y metodología obsoleta. Todo ello deriva en una alarmante tasa de abandono escolar de más del 48% de los niños que empiezan la primaria. La tasa de alfabetización de mayores de 15 años, según estimaciones de 2023, no llega al 44 %. Esto significa que más de la mitad de la población adulta no sabe leer ni escribir, lo que limita seriamente sus posibilidades de desarrollo personal, el acceso a oportunidades laborales y participación social.

De otro lado, gestionar la entrega de las casi 450 becas escolares en sólo una semana, incluyendo kits de material escolar personalizados para cada niño y niña, según los requisitos de cada colegio, es todo un reto logístico. Pero los más ya 17 años de experiencia en estas lides, mediante un proceso bien estructurado y la valiosa colaboración de las monitoras de la maternelle, que desempeñan un papel clave en la organización durante toda la semana, nos permite llevarlo a cabo con máxima eficiencia, armonía y resultados óptimos año tras año.

Colaboración indispensable de las monitoras de la maternelle.

Este año hay un caso, el de Salimata, que me ha impactado particularmente y me ha servido de inspiración para este nuevo relato.

Para poneros en situación, el proceso de entrega de las becas empieza con la convocatoria diaria de 100 madres. Sylvie, responsable del proyecto, y yo, las atendemos una a una, por orden de llegada.

El hecho de que muchas de ellas, aún y sabiendo que tienen la beca asegurada, lleguen a hacer cola a la puerta de la maternelle, cada año de madrugada y esperen pacientemente a que a las 8h empecemos a dar las becas, demuestra el valor real que esta ayuda representa para ellas.

La mayoría de las veces se trata de abuelitas a cargo de nietos huérfanos o abandonados, que no saben leer ni siquiera la convocatoria para tal día a tal hora. Están solas, los niños son pequeños, y no tienen medios para saber qué día tienen que venir, a menos que las llamemos personalmente.

La huella como firma por no saber leer ni escribir

Tras unas 4 horas, solemos haber entregado la mayoría. Suelen quedar unas 15 madres que vienen con retraso, siempre por razones justificables. Pero también hay, cada día, cuatro o cinco mujeres que no se presentan porque se les ha olvidado…

Sin embargo, también hay algún caso aislado, más difícil de comprender, donde la madre o tutora no tiene ninguna justificación aparente. Se sientan frente a Sylvie y a mí, con la mirada baja, incapaces de explicar por qué se olvidaron de venir a recoger una beca escolar para sus hijos… porque ni ellas mismas lo entienden. Confieso que, ante estos casos, tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no juzgar, y para tratar de entender circunstancias que, muchas veces, son más duras de lo que ellas mismas son capaces de transmitir.

Verificación del dinero antes de entregarlo

Y este año me ha costado aún más, por el caso que os adelantaba de Salimata, quien vino a recoger la beca directamente desde el dispensario, donde apenas 24 horas antes había dado a luz a su tercer hijo.

Aunque siempre intentemos tener en cuenta las circunstancias personales de cada madre, las condiciones en que aquí una mujer da a luz, sin anestesia, sin apoyo médico especializado, y con todo el esfuerzo que implica traer una vida al mundo en un entorno precario, Salimata ha puesto el listón muy alto para todas las que vienen con retraso, y especialmente para aquellas “que se olvidan”.

El caso de Salimata es un golpe de realismo que, además de recordarnos, con una fuerza silenciosa y contundente, por qué estamos aquí, nos recarga la energía para seguir haciendo lo que hacemos. Su esfuerzo por cumplir con la fecha y la hora de la entrega de la beca de su hijo mayor acentúa el valor real que esta ayuda tiene para muchas mujeres de Rimkieta y reafirma el sentido profundo de nuestra labor.

¡Las Salimatas, se merecen todo!