Abdoul Rasmané Zongo es uno de nuestros niños del proyecto de Formación y reinserción de niños de la calle. Nació en 1998 (no conocen la fecha exacta) y es huérfano de padre desde hace tres años. Su madre, Adjaratou tiene 34 años y trabaja la seca y árida tierra de Rimkieta para revenderla para construir ladrillos y así intenta sacar adelante a Abdoul y sus tres hermanos.

Abdoul entró en el proyecto de la FAR en septiembre de 2009 y desde octubre de 2010 está en formación en el taller de mecánico.

Hace unos días Drissa me dijo que últimamente faltaba bastante al taller por estar enfermo, problemas respiratorios, y estaba empezando a adelgazar. Su madre lo máximo que ha podido hacer es salir a buscar algún médico tradicional que le ha recetado algún medicamente de “contrabando” pero Abdoul no mejora.

Así que el miércoles pasado nos dirigimos con Abdoul a la pediatría del hospital general de Ouaga, el hospital universitario Yalgado Ouedraogo, que junto al hospital pediátrico Charles de Gaulle, tienen que asumir toda la patología de alta complejidad del país.

Al llegar, lo primero es pasar por ventanilla para pagar la consulta, 1.000cfa (1,5€) y con cuyo resguardo de pago podemos volver durante un mes entero a visitar al niño sin tener que volver a pagar; los guantes con los que el médico le va a examinar 800cfa (1,22€); y el termómetro con el que van a tomarle la temperatura 600cfa (0,9€). La enfermera nos recomienda ir siempre a las visitas médicas con él porque si no nos tocará comprar cada vez uno. Le doy el dinero a Drissa que me mira, sonríe y me dice que 2.400cfa (3,6€) de “primer plato”, antes de que te receten los medicamentos para curar a tu hijo o las pruebas necesarias para saber qué tiene, es lo que hace que ni siquiera se acerquen a los hospitales por no poder pagarlo. El material fungible del hospital es muy limitado, esto hace que las familias de los pacientes tengan que comprar el material fuera del hospital para poder las visitas y las intervenciones.

Estamos en el aula de pediatría, en la “sala de espera”, es decir, una bancada en el patio en frente del despacho del doctor (1) que visita ese día, y que debía de estar en consulta desde las 7.30h pero a las 9h todavía no ha llegado. Está en reunión interna nos dicen. Y allí sentados en la bancada, consigo abstraerme de todo lo que me rodea durante los primeros 30 minutos de espera pero luego, aunque intento seguir metida en mi mundo, no puedo remediar sonreír a una niña que ha llegado hace unos minutos y se ha sentado a mi lado. No debe de tener más de 10 años y no entiendo cómo ha podido llegar caminando ella sola, junto a la que supongo debe de ser su abuela por la avanzada edad, con los dos palillos que tiene por piernas y que parece que en cualquier momento se van a romper. Después de sonreírle, ya no puedo volver a abstraerme y empiezo a observar todo lo que me rodea.

El patio donde estamos da a 8 habitaciones de unos 35/40m2 cada una con capacidad para 8 niños internados por habitación. Todas están llenas. La atención y las curas de los pacientes están habitualmente a cargo de las familias por carencia de personal, que hace que si te asomas a alguna ventana puedas ver a una madre ejerciendo, como puede, de enfermera. Una pequeñaja de no más de 6 años que está solita en una cama enganchada al suero lo coge de encima de la mesa (no hay palos para colgarlos en alto) y sale a mi encuentro a darme la mano, con una sonrisa de oreja a oreja y tal cual vuelve a su camita. Se me encoje el alma. Durante el tiempo que estoy en espera no hay nadie con ella.

Al volver a la bancada donde Drissa espera con Abodul, veo que ha llegado una madre con un niño a la espalda que no deja de llorar. Debe de tener 2 añitos y uno de sus ojos está completamente desorbitado y fuera de la cavidad ocular, la madre saca el pecho para darle de mamar y así calmar su llanto, pero sin éxito, supongo que no debe de ser el hambre lo que le hace llorar…

Veo tres grandes posters, uno de ellos de UNICEF, insistiendo en la importancia de dar la leche materna a los niños al nacer y durante su crecimiento y los beneficios de la misma para el bebé y la madre. Me quedo desconcertada, no entiendo bien la necesidad de alentar a las madres a amamantar a sus hijos. ¿Es qué aquí las madres tienen una opción alternativa?

Un llanto desconsolado me trae de nuevo al mundo, una madre que corre sin saber bien a dónde dirigirse con un bebé de no más de 6 meses cuyas piernecitas están abrasadas. Alguien grita algo y de una habitación a donde han entrado unos 12 médicos que llevan algo más de una hora reunidos, sale uno de ellos que coge al niño y se dirige con la madre a urgencias. Mi corazón parece que va a salirse del pecho y tengo que tragar saliva.

Somos los primeros en la lista así que nada más llegar el médico a la consulta nos recibe en un despacho cuyo mobiliario consiste en una mesa, un par de sillas, una rudimentaria camilla y una báscula. Eso sí, con el aire acondicionado en mínimos. Después de hacernos unas preguntas sobre el niño, le pesa (40 kilos), le mide (1,51cm), le toma la temperatura (37º) con el recién comprado termómetro que después de usar vuelve a meter en la caja y nos devuelve y le examina el pecho y la respiración con un aparato cuyas pilas cambia dos veces y me quedo con la duda de si son las pilas o el aparato en sí… Le pregunto cuál es el peso recomendado para un niño de 14 años con su altura y me responde que Abodul, en principio, está dentro del peso, suponiendo que los 40 kilos sean reales porque desde las inundaciones de 2009 no están seguros de que la báscula vaya bien (…) Sentado Abdoul en la camilla, sigue haciéndole pruebas y preguntándole por antecedentes familiares y descubrimos que tiene una hermana que cree es asmática y a preguntas del doctor de “te duele aquí” algunas veces responde sí, otras no y otras si y no al mismo tiempo. Veo que está asustado así que voy a tranquilizarle pero de poco sirve porque sigue dando alguna respuesta incoherente. El médico descarta problemas de corazón y nos pregunta si hemos asistido a alguna de las crisis respiratorias de Abdoul para que le comentemos en qué consisten, pero ni Drissa ni yo lo sabemos. Nos comenta que el corazón está bien y que necesita hacerle unas pruebas a Abodul, una radiografía de pecho para empezar y descartar problemas pulmonares porque cree que lo que tiene es algo intestinal. Y que volvamos la semana que viene con su madre para que le pueda dar más información. Hasta que vuelva la semana que viene le receta un medicamento contra alergias y para la malaria (por la fiebre y el dolor de cabeza que presenta). Me gustaría preguntarle si no es mejor hacerle el test de malaria antes de recetarle el medicamento pero estoy segura de su respuesta así que decido ahorrar el mal trago a ambos.

Ambos medicamentos y la radiografía ascienden a 10.500cfa (16€)… Suma y sigue me dice Drissa con la mirada.

Sé que todo lo descrito lo podemos ver en cualquier pediatría de cualquier hospital del mundo, pero lo que hace particularmente dramáticas estas escenas en hospitales del tercer/cuarto mundo cuyas fotos solo están en mi mente pero que servirían para ayudar al relato a ser más real, es la falta de medios básicos, mínimos, elementales, humanos y materiales para aliviar el dolor de todos estos niños cuyas enfermedades, en muchos casos, hace tiempo hemos “curado” mediante la prevención en los países desarrollados.

Estas tres horas han servido para reafirmar mi deseo de un mundo en el que el acceso a una sanidad digna, competente y gratis sea una realidad y no una utopía…